Damián quiere vivir

‘Línea 47 – 3 minutos’, señalaba el letrero luminoso de la parada. Damián esperaba dentro de la marquesina, apoyado contra el cartel publicitario que decoraba el lateral de la estructura. El aire silbaba y los cristales retumbaban con fuerza. En el banco descansaba un matrimonio de ancianos. Ella se abrochó el chaquetón hasta la barbilla. Él carraspeó con tanta fuerza que incluso Damián sintió un agudo dolor en su propia garganta. Aquella sinfonía anunciaba el fin del verano, y Damián no podía ser más feliz. Damián se acomodó bien la mochila sobre su hombro derecho, se despidió de sus compañeros de refugio y comenzó a caminar.

Hacía meses que no sentía el viento en el rostro. Eran las once de la noche y las calles estaban semidesiertas. Un hombre vestido con el uniforme amarillo fosforescente característico de los barrenderos marchaba por delante, cabizbajo, seguramente regresando a casa tras otra intensa jornada laboral. La dependienta de un establecimiento de alimentación asiático bajaba la persiana metálica de la puerta mientras dos jóvenes negociaban con ella en un castellano primitivo para comprar una última lata de cerveza. Damián observaba aquella especie de sainete sin detenerse, ensimismado con toda la cotidianidad que le rodeaba.

Llevaba todo el verano encerrado en su habitación escapando del ardiente y sofocante clima. Tanto tiempo había pasado frente al ventilador que éste se le aparecía en sueños húmedos. En algún punto a mediados de agosto empezó incluso a conversar con las desconchadas paredes de su cuarto. En su afán por aislarse de la inclemencia del sol se había quedado completamente sólo. Ya ni siquiera podía recordar la voz de su madre sino a través de un teléfono. Sus amigos quedaron reducidos a una serie de caracteres que de vez en cuando invadían la pantalla de su viejo smartphone para comprobar que Damián no estaba muerto.

Damián descolgó la mochila por su brazo, abrió la cremallera y sacó su flamante cámara de fotos. Tenía que atrapar ese paisaje, tan ordinario para cualquier otro ser vivo de la ciudad que, sin embargo, para Damián era sencillamente excepcional. Trasteó los anillos del objetivo con evidente torpeza. No tenía ni idea de cómo funcionaba. Tenía un ojo cerrado y el otro incrustado en el visor de la cámara. Estaba ciego. Concentraba todas sus energías en ver, al menos intuir qué había al otro lado. Y no podía. Descargó toda su frustración con un sonoro bufido y palpó la superficie del objetivo. La tapa estaba puesta. Damián rió hacia sus adentros, se golpeó la sien con la palma de la mano y retiró la maldita cubierta.

Dos muchachas de no más de veinte años emergieron enfrente. Una tenía el cabello bermejo y fruncía el ceño. La otra, rubia platino, apretaba los labios con fuerza.

  • ¿Se puede saber qué coño estás haciendo? – gritó la pelirroja.

  • ¡Hola! Estaba intentando hacer una foto, pero como podéis comprobar soy un poco imbécil – bromeó Damián, mostrando la tapa del objetivo de la cámara.

La rubia arrebató la cámara de las manos de Damián y la estrelló contra el suelo.

  • La próxima vez te la parto en la cabeza.

El cuerpo de Damián comenzó a estremecerse. Los trozos de su ya no tan reluciente réflex se camuflaban con el asfalto. La luz de las farolas punzaba sus córneas. De nuevo estaba completamente ciego. Su sentido auditivo se agudizó, notando que unos pies se aproximaban rápidamente.

  • Chicas, ¿os está molestando?

Era una voz grave, muy masculina. Damián levantó un poco la cabeza. Todo estaba muy borroso, pero se adivinaba una silueta amarilla fosforescente.

  • Será mejor que te largues, chaval – dijo el barrendero.

Damián estaba paralizado. Su corazón latía con tanto ímpetu que su pecho parecía a punto de estallar. Su respiración era irregular, pero tan enérgica que le impedía producir cualquier otro sonido. Sus dientes rechinaban en contra de su voluntad. Trató de articular la boca para hablar sin éxito, dejando una terrorífica expresión en su rostro.

  • Este tío va de coca hasta las cejas – apuntó la sombra con la melena de fuego.

  • Escuchadme, guapas, apartaos. Yo me ocupo.

  • Como me vuelvas a llamar guapa te arranco la yugular a bocaos, machirulo.

Los tres se perdieron en algún tipo de polémica en torno a la guerra de sexos. Damián escuchaba con tanta claridad sus propias reacciones corporales que las voces de alrededor se convirtieron en un insignificante ruido. Se agachó con la habilidad que sus temblorosas piernas le permitieron y fue rescatando las piezas de su cámara réflex con ridícula imprecisión. Introdujo los pedazos en su mochila uno a uno y se levantó. Las muchachas y el barrendero abandonaron su disputa y se pusieron nuevamente en guardia. Damián se giró, dio un paso, luego otro, y así hasta que lentamente se alejó del trío.

  • ¡La próxima vez le sacas fotos a tu puta madre!

  • Pervertido… – sentenció la pelirroja.

  • Si es que a estas horas dos jovencitas como vosotras no podéis ir solas por la calle.

  • Mira…

La acalorada discusión se reanudó, pero Damián ya estaba demasiado lejos para oír apenas nada. Arrastraba los pies como un alma en pena. ¿Qué había pasado? Damián sólo recordaba que cinco minutos antes, al menos durante un instante, había recuperado la ilusión por vivir, la misma que tenía cuando era un niño, aquella época en la que todo le resultaba extraño y maravilloso. Y de pronto, sin saber muy bien por qué, sentía que la tierra se lo estaba tragando de nuevo.

Lo único que quería Damián en ese preciso momento era enclaustrarse entre las cuatro desconchadas paredes de su habitación, enchufar el ventilador y masturbarse en sueños. Ya no importaba si era verano, otoño o invierno, el mundo ya no estaba hecho para él.

Si queréis que la historia continúe un ‘Me gusta’ no estaría nada mal. Y si además compartís mejor que mejor.
¿Recuperará Damián las ganas de vivir?
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13 comentarios en “Damián quiere vivir

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